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Miedo y silencio: recuerdos de una pandemiaDestacado

El 11 de marzo de 2020 la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaraba al coronavirus como una pandemia después de ser confirmados 4 291 fallecimientos a nivel global y después de certificar la presencia de la enfermedad en 114 países. Apenas tres días después, el domingo 15 de marzo era decretado en España el estado de alarma.

He querido volver a esos días para ver cómo, desde la distancia reposada,  vivieron esta experiencia un cura, una auxiliar de enfermería, un guardia civil, una profesora, un médico, una activista y una vicealcaldesa. Miedo y silencio, son las palabras que más se repiten en el relato de estas seis personas sobre cómo vivieron los primeros días de un acontecimiento que nadie, en sus respectivas generaciones, había vivido jamás: una pandemia.

Maruja Morales, presidenta de la Asociación de vecinos y entidades de La Coma

Maruja Morales resume sus vivencias encadenando audios de wasap. Dice que se le olvida quitar el dedo, que le tiembla, que no sabe cómo parar. Por eso, envía seis notas de voz seguidas. De fondo se escucha una música relajada como de sala de espera. Y de este modo le gana la batalla a la brecha digital, Maruja tiene 75 años, es presidenta de la Asociación de Vecinos y Entidades de La Coma, un barrio de acción preferente en la ciudad de Paterna (Valencia). Es una mujer que acumula enfermedades al mismo ritmo que vitalidad, coraje y ganas de luchar por uno de los barrios más humildes de la Comunidad Valenciana. De momento, sus ganas de vivir son más fuertes que ese catálogo interminable de dolencias.

“Me tatué los ojos, las cejas y los picos de los labios y así estaba siempre guapa”

Los primeros días fueron para ella impactantes, “lo que menos comprendía era por qué en todo el planeta. No me entraba en la cabeza. Yo decía que una avioneta había tirado algo al mundo”. Maruja sigue sin comprender cómo este virus ha podido llegar a lugares remotos, donde la gente no tiene ni para comer. La activista tuvo mucho miedo pero la fe y unos tatuajes le dieron la fuerza suficiente para salir adelante. “En mayo me puse muy enferma, se me terminó el oxígeno. Me decían que tenía que ir al hospital si no me moría, pero yo no quería ir, estaba lleno de virus”, exclama. Pero fue al hospital y salió reforzada, había sobrevivido. «Yo no quería ir al hospital, estaba lleno de virus. Cuando salí, me tatué los ojos para estar pintada, las cejas y los picos de los labios y así estaba siempre guapa».

Alfonso Villegas, médico de familia en Madrid

Alfonso Villegas, un médico de familia santanderino de 39 años, que acababa de trasladarse a Madrid. “Tenía la mudanza a medio hacer y las jornadas en el Centro de Salud se alargaban sin querer por el exceso de trabajo”. Uno de esos días, a las cuatro y pico de la tarde, terminada su jornada laboral en el Centro de Salud Alpes, decidió ir a un bar para matar el hambre. “Sólo te puedo poner bocadillo o cosas de freidora, estamos cerrando”, le dijo el camarero. Alfonso debió poner cara de interrogante y el camarero señaló a la televisión y terminó de explicar: “van a cerrar todo por el Coronavirus”. En ese momento Pedro Sánchez, el presidente del Gobierno, anunciaba que se declaraba en España el estado de alarma. “Pedí unas croquetas, hablé con mi compañera de lo que nos vendría, de si sería para tanto, de nuestros miedos personales.

“Tuve la sensación de estar preparándome para una guerra, así fue, así ha sido y está siendo»

Al acabar, mientras todo el mundo corría a los supermercados, yo me hacía fuerte en una tienda del barrio para comprar lo que me faltaba de la mudanza (vasos, sartenes, cubiertos…)». Alfonso tuvo la sensación de estar preparándose para una guerra. Y esa sensación sigue viva todavía.

 

Sandra Gómez , Vicealcaldesa de València

Sandra Gómez es la Vicealcaldesa de València y secretaria general del Partido Socialista del País Valenciano. Para esta joven política (1985), acostumbrada al bullicio de su emblemático barrio, el Cabanyal, lo verdaderamente impactante fue el silencio, las calles vacías. Hasta el punto de llegar a echar de menos el molesto tráfico y el ruido. “Estábamos en marzo, en plenas fallas, cuando precisamente nuestra ciudad rebosa de vida. Tras el decreto de alarma, vivimos un vacío histórico. El bullicio de nuestras fiestas dio paso a un silencio que dolía. Por mi responsabilidad, me tocaba seguir trabajando y pude recorrer ese vacío”, recuerda.

“Estábamos en marzo, en plenas fallas, cuando precisamente nuestra ciudad rebosa de vida. Tras el decreto de alarma, vivimos un vacío histórico. El bullicio de nuestras fiestas dio paso a un silencio que dolía. Por mi responsabilidad, me tocaba seguir trabajando y pude recorrer ese vacío”

Después del silencio a Sandra lo que más le impactó fue cómo poco a poco la naturaleza y otros seres vivos ocupaban un espacio que durante años ha sido reservado casi en exclusiva a la especie humana: las ciudades.  «El dominio del ser humano fue rápidamente usurpado por la naturaleza. Tan brava que tras siglos dominada, sólo le bastaron pocas semanas para volver a gobernar su reino».  Sandra recuerda que eran muy habituales las imágenes de animales de todo tipo paseando por la ciudad:  «Vimos patos cruzando nuestras calles, vimos a un oso paseando en una ciudad asturiana, jabalíes por el centro de Barcelona, corzos en el acueducto de Segovia, cabras en un pueblo de Albacete o pavos reales por el centro de Madrid. Y entonces vi lo agresivos que somos como especie.» Para la Vicealcaldesa de la tercera ciudad más grande de España esta vivencia le pareció toda una lección de humildad.  «No hay ninguna especie imprescindible, y la nuestra no es la excepción».

Alfonso Marín, repartió pulseras a los niños durante el primer confinamiento

Alfonso Marín es guardia civil del puesto de Callosa de Segura en Alicante. Durante los meses más duros del confinamiento, Alfonso dedicó su tiempo libre a hacer certificados de buen comportamiento a todos los críos que se encontraba por el camino. Era rápido, en pocos minutos las madres, tíos o abuelas cómplices tenían en su teléfono el documento en JPEG.

«Fue muy duro, sobre todo tener que vigilar y controlar a la gente y a la vez tener que dominar el miedo que a ti también te asaltaba»

También repartía pulseras serigrafiadas con la insignia de la guardia civil. A veces, las remitía por correo postal, otras veces incluso las entregaba en persona, a domicilio. A Alfonso lo que más le marcó esos primeros momentos fue la incertidumbre y, de nuevo, el miedo. “No sabía nadie que pasaba, la información corría como la pólvora y cambiaba por momentos, había miedo en la gente, era difícil de digerir todo, fue muy duro, sobre todo cuando llegó el confinamiento, ver cómo se vaciaban los supermercados, tener que vigilar y controlar a la gente y a la vez tener que dominar el miedo que a ti también te asaltaba».

Villi Sánchez es auxiliar de enfermería en el Hospital General de Elche

A pocos kilómetros de Callosa de Segura, en Elche, vive Villi Sánchez, 53 años, natural de Martos (Jaén) y afincada  en la ciudad ilicitana desde temprana edad. Villi conserva en la retina la solidaridad de la gente: “Lo que más me impactó de aquellos días fue la capacidad que tuvimos las personas de quedarnos en casa y la solidaridad que se respiró entonces».

“En el hospital lo vivimos con miedo y mucha incertidumbre, sin saber hacia dónde nos llevaba este virus”.

Nos reinventamos: bailamos, escuchamos música, hicimos pan». Villi trabaja como auxiliar de enfermería en el Hospital General de Elche y, a pesar del optimismo, de nuevo, aparece el miedo en el relato: “En el hospital lo vivimos con miedo y mucha incertidumbre, sin saber hacia dónde nos llevaba este virus”.

María José Gil, dando clases de yoga a través de internet

María José Gil es profesora de español en un instituto de Verona (Italia). También es profesora de yoga y durante los días de confinamiento domiciliario daba las clases a su alumnado través de internet. Narra su recuerdo de aquellos primeros días con calma, intercalando silencios, como si estuviera dando una de sus clases de yoga.

“Al principio la desorientación, no sabíamos muy bien qué hacer. Empezamos la didáctica a distancia y entonces fuimos improvisando. Me impactó mucho el silencio. De repente todo se paró, todo el ruido y ese ritmo tan frenético en el que todos estábamos.”

De repente todo se paró, todo el ruido y ese ritmo tan frenético en el que todos estábamos

Para esta madrileña de 43 años la experiencia le brindó algunos aspectos positivos. “Me ayudó a entrar más en contacto conmigo misma y quizá más en contacto con mi espacio circundante, con las calles cercanas. Fue como resituar la mirada en lo que me rodeaba, en las personas que veía cada día, en mis vecinos.”

Santi Dominguez, oficiando misa por internet

Santi Domínguez es cura en un barrio humilde de Villamuriel del Cerrato en la provincia de Palencia. Vive en una comunidad de sacerdotes salesianos, es un grupo pequeño y él, con 51 años, es el más joven. Santi y sus hermanos habían escapado del virus durante el fatídico 2020, pero el once de febrero, la situación cambió por completo. Todos los hermanos de la comunidad dieron positivo en la PCR menos él, que ha estado cuidando de cada uno de ellos desde entonces.

“El primer recuerdo que tengo es el silencio. El silencio de las calles, el silencio de los parques. Las persianas bajadas…»

“El primer recuerdo que tengo es el silencio. El silencio de las calles, el silencio de los parques. Las persianas bajadas, la sensación de miedo, la sensación de vivir en una película aquellos primeros días de ciencia ficción que no sabíamos a quién hacer caso y qué es lo que pasaba a ciencia cierta. Y mi segundo recuerdo fue ya a las pocas semanas que, de manera voluntaria, pude acompañar a sanitarios y a médicos por teléfono, por las noches y me contaban sus dramas personales de no poder estar con sus familias, de no tener materiales”. A Santi, le quedará en el recuerdo haber vivido en primera persona la magnitud de lo que estaba sufriendo el personal sanitario y también, haber perdido a un hermano, pese a haberlo intentado todo.

Estas son las historias de tres hombres y tres mujeres de edades diversas, profesiones dispares y lugares de residencia distintos entre sí. Estas fueron las primeras horas, los primeros días de un tiempo inédito, silencioso, incierto. Seis paseos breves por la memoria de unas sensaciones que han permanecido, los recuerdos que ya se han fijado para siempre.

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Desearía tener superpoderes

Me gusta hacer listas. Tengo listas de todo tipo: lugares a los que viajar, libros que leo, libros que quiero leer, países que visité, títulos de libros que nunca escribiré (o sí, quien sabe), nombres de personajes para una novela, frases, chascarrillos de gente de mi pueblo…  En fin, cada una tiene un espacio íntimo para el friquismo, este es uno de los míos.

Leonora a la izquierda con su amiga que llora cuando piensa en ella

En estos días de Pandemia, todo el mundo anda haciendo pronósticos, así que pensé que sería una buena idea hacer una lista de deseos para cuando acabe toda esta locura que nos ha tocado vivir.  Esta vez no quería hacerla sola, así que me puse manos a la obra y (¡oh sorpresa!) tuve que hacer una lista accesoria: catálogo de países dónde tengo amigas y conocidos. Cuarenta y cinco países, cuarenta y cinco objetivos. Uno a uno fui seleccionando a gente de estos lugares, les pedí un texto corto: «Después de la crisis del Coronavirus ME GUSTARÍA que…», era la consigna. Y «voilà», en pocos días aparecieron los primeros deseos.

El primero de ellos, el de Leonora Beniscelli Contreras, a la que sigo en redes desde que una amiga en común escribió esto sobre ella: «Siempre que la veo lloro mucho porque me emociono terriblemente«.  Ella fue la primera en contestar a mi llamada y la primera en romper la única regla que pedí (brevedad). Y por eso, por saltarse las reglas, Leonora se cuela en mi blog  para inaugurar esta lista de deseos imprecisos. Gracias Leonora

Desearía tener superpoderes

Mi nombre es Leonora Beniscelli Contreras, nací en Santiago de Chile y actualmente vivo en Valparaíso con la mia innamorata (estamos viendo una serie italiana que me tiene completamente secuestradas las ideas, perdón la siutiquería), y un gato llamado Camote (como el tubérculo de la zona andina, pero en realidad le pusimos así con Caru, su otra humana de cuando lo adoptamos, porque en Chile se usa la palabra «camote» para referirse a alguien que es molestoso, cargante, obsesivo, mi gato es bastante así, camote y catete, pero también regalón y dormilón). Ahora soy teleprofesora, teletrabajadora, telestudiante de Doctorado, teleamiga, telehija, telehermana y telenieta.

Mi corazón, eso sí, es una constelación de amoras y amores repartidos por hartos lugares de Chile (Antofagasta, Calama, el Valle del Elqui, Santiago, Concepción, Temuco), Abya Yala -Buenos Aires (porque viví ahí), Lima, México- y otros lugares del mundo como Londres y ahora también Vitoria en Euskadi, Estados Unidos, Francia, Escocia… (para hacer esta lista pienso en con quiénes me he comunicado seguido este último mes).
Aun no le pongo palabras a lo que me gustaría que de esto se nos quede. Me debato entre desear, fantasear que ha pasado el tiempo y miramos esto que vivimos con distancia y en concentrarme en vivir el aquí y el ahora.

Pero sí… cada tanto me meto en un túnel del tiempo y me imagino con amigas, siempre con amigas, recordando esto que vivimos en “ese tiempo» (porque es el futuro)… ese tiempo de la pandemia, en ese tiempo del colonialvirus como tan lúcidamente lo han llamado Yuderkys Espinosa y Mafe Moscoso en su dolorosa nota “Guayaquil, ‘colonial’ virus”. En la imagen que proyecto en mi mente estamos todas, no se nos fue ninguna. Recordamos con muchísima pena, pero también nos damos cuenta que aquello que vivimos se encarnó en nuestro cuerpo y eso nos da algo… no se qué… una arruga más. Es lo que pasa con las experiencias vividas. Las encarnamos como aprendizajes o des-aprendizajes y eso nos transforma. Hasta ahí llega mi imaginación hoy, no me atrevo a mirar más allá.

También es porque le temo siempre a sonar burguesa si insisto en mirar esto, como todo en mi vida, en clave de aprendizaje y pedagogía. Pero sí, me pasa que al menos a nivel personal esto ha significado abrazar una rutina sencilla y por lo mismo tranquilizadora, muy ligada a cariñosearnos con comida hecha por nosotras mismas, a mantener nuestro espacio luminoso, limpio, ordenado. Supongo que para dos tierras encerradas juntas y enamoradas, la rutina, lo rico, lo ordenado, nos da tranquilidad. Lo sencillo, lo calmo… hay menos ruido afuera, eso me gusta.

Deseo que no aprendamos la pedagogía de muerte que intentan imponernos. Pedagogía de muerte, de crueldad, de fanfarronería del ministro de salud, del presimiente, una pedagogía de palabras bélicas, de enlistar cuerpos que no valen para el sistema: les migrantes, las personas viejas, las personas racializadas, las travestis, la gente en la calle, las trabajadoras sexuales. Deshumanizar, descartar vidas… Mirar redes sociales me angustia por eso y también porque me destripa el corazón el discurso del “de algo hay que morirse” y del “somos una plaga”, me desesperanza… siento que encubre que como todo en este sistema injusto hasta la médula, las muertes están y seguiran estando tan desigualmente distribuídas… (ahí me aflora la rabia y me acuerdo de la Marlene Wayar y su grito del “¡digan la verdad!”… digan que de algo se morirán quiénes no valen para el mercado capitalista deshumanizador…). Está todo tan enredado, porque a la vez que me des-corazonan, también las redes sociales son más que nunca una ventana para conectarme con mis afectos que me sostienen.

Está todo tan enredado… creo que he dicho eso muchas veces este mes que ya cumplimos encuarentenadas con mi compañera. Pero… ¿sabes qué? algo de la crueldad de esa pedagogía de muerte cede espacio a la ternura cuando me veo viviendo esta cuarentena con una compañera cariñosa y tierna con la que nos repartimos órganicamente las tareas que mantienen nuestra casa rica de habitar. Me siento privilegiada por eso… pienso mucho en eso. En mis privilegios. En haber vivido una vida con privilegios. En tener hoy un departamento grande y luminoso que me endeudó por 25 años más a costa de altas cuotas de stress y de maltrato laboral. En que tener “teletrabajo” se ha convertido rápidamente en tripletrabajo. Y en mis estudios de doctorado, en los que como puedo, sigo concentrada. Pienso y siento muy profundamente que los que vivo como privilegios, por un lado no lo son tanto y, por otro sí me permiten disfrutar de cosas que desearía fueran básicas para todas las personas: vivir en un lugar propio y calentito en el que compartir la vida con seres maravillosos, hacer un trabajo que te guste, tener una red amorosa de familia escogida y amigas que te sostienen, no perder la capacidad de imaginar otros mundos…

Desearía no tener que aprender las imágenes de muerte/genocidio que estamos viendo… en Italia, en Nueva York, en Guayaquil… Desearía no pensar que esas imágenes probablemente van a repetirse en Chile estando a merced de estos rufianes en el gobierno. Desearía des-aprender toda la angustia de los últimos días, desaprender el despertarme en la noche sobresaltada por mi imaginación catastrófica (siempre la he tenido) que avizora la posibilidad de que mi abuela se enferme, o mi hermana, a veces es mi papá que es bastante más viejito que mi mamá. Otras veces son compañeras, amigas, amoras en España, amigos en Francia. De chica que padezco la injusticia y me angustia la muerte, así que este proceso me mantiene frágil emocionalmente, pero sostenida materialmente y en términos afectivos… Algo de sentido y de belleza restituye el saberme en un tejido con compañeras hermosas que pese a no poder encontrarnos, llevamos un mes mandándonos añuñucos y diciéndonos: “Te amo bebé. Extraño tus abrazos”.

Saberme en esa red me ha permitido poner energía en mantenerme pendiente de mis amigas que están atravesando, con esta pandemia, una crisis de sostenibilidad de sus vidas: ya precarizadas han sido despedidas de sus trabajos. Saberme sostenida me ha permitido tener energía para activar todo lo que puedo en términos de solidaridades antirracistas.

¿Sabes qué? Sí, tengo un deseo claro. Mi deseo más profundo hoy día es que se acabe el gobierno tirano y criminal que tenemos en Chile. Y que pronto, lo antes posible, las revueltas cotidianas que venimos creando nos conduzcan a un estado de cosas en que la vida de las personas esté al centro.

Antes cargaba ese deseo de conceptos como despatriarcalizar, descolonizar… justo hoy hablaba de eso con un amige que trabaja conmigo en las clases que doy como profesora precarizada en una Universidad en Santiago. Hoy no me importan los conceptos, sólo pienso en la vida, en vivir, en que las personas añosas no sientan miedo, que vivan con la certeza de que las vamos a cuidar…en que las mujeres, niñes y disidencias migrantes no sientan miedo, que vivan con la certeza de que las vamos a cuidar… y así desearía tener superpoderes y transmutar el miedo y la sensación de desamparo en la que estamos sumidas con este gobierno criminal, por sabernos sostenidas y cuidadas… porque sabernos cuidadas fuera una realidad hoy y siempre. Eso sueño, para todas, para les niñes y las abuelitas primero, para las mujeres migrantes y racializadas, para mis amigas, para las abuelas de mis amigas, para todes.
Si hiciéramos una nube de palabras creo que las que más he repetido este último mes son cuidado, vida, esperanza. Sostener la vida, cuidarnos entre nosotras, mantener la esperanza. Vivir…

Leonora Beniscelli Contreras

Imagen de portada: Alera Estudio (@alera.estudio)

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La gente que hace cosas pequeñas (I)

Hoy salí de casa para hacer una compra rápida, una salida nada especial. Para llegar al súper debo atravesar un parque, que es de esos que no tienen demasiados niños, ni demasiadas abuelas, ni columpios muy modernos, pero sí un gran número de jóvenes que pasan el rato en los bancos de este parque, descansan y se ríen a veces, y después se ganan la vida de gorrillas en las calles azules que rodean este sitio. También suele haber unos cuantos abuelos que pasan el rato charlando con otros. A veces a alguno se le escapa un piropo. Y lo que también tiene este parque son muchas palomas.

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