Eso a mí ya no me interesa

La puesta de sol que me conectó con Elvira
Conocí a Elvira en una puesta de sol de agosto. El amor a la fotografía nos conectó de inmediato. Un extraño impulso me levantó del banco de aquel parque y me hizo entablar conversación con esta mujer de 86 años. Ella tomaba la misma fotografía que yo había tomado apenas unos minutos antes. Ese fue el punto de inicio, después una larga conversación sobre su azarosa vida, millones de audios y un intercambio de fotos de todas las nubes crepusculares nos unen desde entonces.
Elvira es natural de Baza, que después de Granada es el municipio más grande de esta provincia andaluza. Ella forma parte de la diáspora que, en años de la tardía posguerra, obligó a miles de andaluces a buscar un futuro mejor en otras latitudes. Elvira eligió Cataluña y allí pasó gran parte de su vida adulta. Tras la jubilación y algunos avatares de la vida como la pérdida de una hija, Elvira decidió volver a su pueblo natal. “Este es un pueblo de viejos y niños, pero aquí se vive muy bien ahora”, recuerdo que me dijo en nuestro primer encuentro.
Este es un pueblo de viejos y niños, pero aquí se vive muy bien ahora

Elvira con el reconocimiento a su labor voluntaria en la Cruz Roja
Ahora tiene una vida tranquila, pero muy activa, vive sola, es voluntaria de la Cruz Roja y llama varias veces a la semana a otras personas mayores con menos energía vital que ella y les alivia durante un rato de mal de la soledad. Elvira también hace zumba en los parques públicos de la ciudad, a ritmo de las instrucciones de una joven monitora que rebosa energía y colecciona adeptas octogenarias.
Elvira nació en el año 1936, dice que la “guerra, guerra” no la vivió “me acuerdo más de la posguerra y los tiempos de Franco, como duró tanto…”. Ella vivía en un cortijo a once kilómetros del casco urbano. Recuerda a la gente pobre que vivía a su alrededor, “había la tira y la cantidad de gente pobre que venía de Jaén andando…”
El primer recuerdo de infancia de Elvira es una historía mínima, pero estremece. Ella cree que tendría unos cuatro o cinco años. Era una noche de un día lluvioso de frío invierno, los perros ladraban y un hombre liado en una manta muy rota llamaba a la puerta del cortijo. Cuando la puerta se abrió ella se agarró a las faldas de su madre para contemplar lo que recuerda como una terrorífica escena. El señor estaba tapado hasta la cabeza, una gota de agua resbalaba de su nariz, llevaba una lata “enrubinada” atada con un cordel. La madre de Elvira le ofreció pan y el hombre le pidió alguna “pringue” para poder aliviar la sequedad de los panes de posguerra. A Elvira esta escena le marcó y 80 años después la revive y se indigna cuando alguien le habla de la pobreza de nuestros días. “Aquello sí era pobreza de verdad, no lo de ahora”.
El hombre le pidió alguna “pringue” para poder aliviar la sequedad de los panes de posguerra
Elvira no vivió en su casa la pobreza extrema, era de las que tenía en casa algún mozo y alguna moza que cuidaban de los animales o de las tareas domésticas. Su madre, cuando llegaba la gente pobre que vivía en las inmediaciones de su cortijo, lo primero que hacía era quitarle los piojos, quemarle la ropa y darle ropa limpia, queriendo evitar a toda costa que a sus hijos se les pegaran las contagiosas larvas.
Otro recuerdo que sigue impresionando a Elvira es el de esas madres que venían de Badajoz o de otras latitudes de Andalucía para “ofrecer a sus hijas, tan guapas y jóvenes, por la comida”. Según cuenta Elvira, estas niñas eran “dejadas” y en su relato hay un poco de normalidad y un mucho de pena. También cuenta que algunas de esas criaturas, dejadas sin más remedio, por unos padres que no podían hacerse cargo de ellas, eran violadas por los cortijeros. Una de ellas, fruto de un desafortunado accidente murió a causa de un tiro de uno de los mozos. “Cuando vinieron los padres a recoger el cuerpo de su hija, los señoritos les dieron jamones, les dieron dinero, aquello no se denunció. Fue un auténtico chanchullo”, relata Elvira visiblemente indignada, así eran los tiempos de Franco, “la ruina total”.
Esas madres que venían para “ofrecer a sus hijas, tan guapas y jóvenes, por la comida”
Elvira podría estar horas y horas contando sin titubear las vivencias de aquella noche larga que fue la posguerra. Me emplaza a futuros encuentros para contar historias que no voy a creer, me dice. Parece cobrar vida entre tanto relato de muerte y, en realidad, lo que pasa es que Elvira y toda esa generación suya, la generación silenciosa o de los niños de la guerra , lo que anhela es gritar que aquello ya no, que hoy vivimos muy bien y que todo lo que tenemos hoy no ha caído del cielo.
Elvira tiene un latiguillo delicioso y que repite cada poco: «Eso a mí ya no me interesa«
Me gusta escuchar a esta mujer, sin condescendencias, porque tiene cosas interesantes que decir. Elvira tiene un latiguillo delicioso y que repite cada poco: «Eso a mí ya no me interesa«. Y es que, de verdad, son muchas las cosas que ya no le interesan, convencionalismos vanos e inútiles como celebrar la Noche Vieja. En nuestro último encuentro, a pocas horas de acabar el 2022, me hace sonreir para dentro, cuando me cuenta que ha leído el «Yo, vieja» de Anna Freixas y cuando me descubre encima de su cama un libro de la misma autora que yo no conocía: «Tan frescas: las nuevas mujeres mayores del siglo XXI«. Entonces, entiendo que cumplir años de esta forma a mí sí me interesa.



Martín Gaite, también fue una de esas mujeres afortunadas. Tuvo la suerte de tener unos padres verdaderamente preocupados por una educación libre y progresista, que permitió a la escritora elegir la vida que quiso tener. Una vida, por otro lado, no exenta de dificultades. Elegir la vida que quieres tener en el contexto de una dictadura, especialmente empeñada en limitar el papel de las mujeres, no es una tarea sencilla.
Y sí, Martín Gaite, fue una privilegiada porque la inmensa mayoría de las mujeres de su época tenían el camino predefinido. En el documental podemos ver a una de ellas, Mariores Ruiz Olivera, compañera de clase de la facultad de filosofía y letras de Carmiña, como la llamaban sus amigos. Rodeada de libros, esta salmantina octogenaria dice con los ojos vidriosos: «me casé enseguida, tuve seis hijos y tuve una vida normal y corriente de persona burguesa de Salamanca. Me hubiera gustado seguir estudiando, pero yo no hice nada. Y lo siento pero no lo hice». Me gustaría tomarme un café con Mariores en alguna plaza de Salamanca y decirle al oído: «no tienes la culpa».
Con La Boda de Rosa la historia se repite. La peli esta ambientada en la España actual, en pleno siglo XXI, dónde algunos suponen que las mujeres hemos alcanzado grandes cotas de libertad y suponen erróneamente que, ahora sí, podemos tener nuestro cuarto propio, nuestro lugar para soñar y alcanzar todas nuestras metas. Pero no es así y en esta preciosa película, volvemos a ver que no, que todavía hay demasiadas mujeres que no tienen otra opción que dejar para más adelante todo.






































Cada vez son más los sucesos de este tipo. Cada vez hay menos pudor a manifestar en público el rechazo a otras personas. Ya sea por motivos racistas, islamófobos u homófobos. Algunos sucesos son muy graves como ese pasajero de Ryanair que consiguió, propinando insultos vejatorios, que cambiaran de sitio a una mujer negra que viajaba a su lado. Otros, como éste que acabo de contar, son delitos de odio de baja intensidad. Tan baja que una no encuentra argumentos para alzar la voz o para denunciar. ¿Cómo vas a denunciar a alguien por decirle a otra persona «no me toques»?. Pero lo cierto, es que unos y otros hacen el mismo daño.
